¿Cómo es posible que Calangianus, un pueblo perdido en el interior de Gallura, fuese en el siglo pasado uno de los 100 municipios más industrializados de Italia? La respuesta es muy sencilla: el corcho. La elaboración, iniciada oficialmente en 1851, pronto enriqueció a Calangianus: en poco tiempo surgieron talleres que daban trabajo a cientos de personas procedentes de los pueblos vecinos. Finalmente, este recurso, muy extendido en el territorio desde siempre, se utilizó a gran escala. De hecho, el tapón de corcho se presentó con éxito en la Exposición Internacional de Milán de 1906. La primera edición de la Feria del Corcho se remonta a 1978.
El Museo del Corcho, ubicado en el antiguo convento de los Capuchinos del pueblo, cuenta esta epopeya. Desde la extracción de la corteza de las plantas, el llamada descortezado, hasta el producto acabado (no solo tapones, sino también zapatos, bolsos, paneles de decoración, aislantes térmicos, accesorios de ropa e incluso pelotas de béisbol), la visita guiada ilustra cada fase de la compleja producción. Las películas y las fotografías ayudan a comprender el funcionamiento de la maquinaria rudimentaria. A lo largo del recorrido, hay bancos de trabajo, tornos e incluso un belén, todo hecho de corcho. Y a la salida, como recuerdo, un souvenir. De corcho, por supuesto.