Carnaval de Irpinia: la tradición desfila enmascarada
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Las fiestas de carnaval en Irpinia van más allá de la simple diversión, ya que representan un verdadero patrimonio cultural y social.
Son tradiciones arraigadas en antiguos ritos propiciatorios relacionados con la fertilidad, el ciclo de las estaciones y el paso del invierno a la primavera. Son momentos compartidos que involucran a familias, barrios y grupos en la organización de las carrozas alegóricas, en la creación de trajes, coreografías y disfraces, creando un sentimiento de pertenencia y participación. Cada pueblo expresa su propia historia, sus leyendas y tradiciones; sin embargo, comparten elementos comunes, como los trajes, la música y las coreografías, aunque también hay varios elementos territoriales comunes: los bailes de cortejo, las figuras rituales y un maestro que guía los bailes.
El carnaval, por lo tanto, se convierte no solo en una fiesta alegre, sino también en un momento de transmisión intergeneracional de recuerdos, valores y prácticas tradicionales, preservando un vínculo profundo entre la comunidad y el territorio.
Rotondi y Teora: entre la «quadriglia», la «zeza» y los «squacqualacchiun»
En el corazón del Sannio de Irpino, Rotondi vive el carnaval como un rito colectivo que combina memoria, música y teatro popular. La fiesta forma parte de la identidad local y encuentra su máxima expresión en la «quadriglia» y la «zeza», dos formas artísticas que transforman las calles en un escenario vivo.
La «quadriglia» es una danza coral, elegante y rítmica, dirigida por un líder de grupo que coordina a los bailarines con trajes tradicionales. La «zeza», en cambio, es una representación teatral popular compuesta por recitación, canto, música y sátira. Polichinela, Zeza y Don Nicola animan escenas cómicas y diálogos con rima, relatando vicios, relaciones y la vida cotidiana con una comedia atemporal, involucrando al público en una experiencia participativa.
La tradición, que hunde sus raíces en el siglo XVIII, se transmite de generación en generación: familias, niños y ancianos ensayan juntos textos, pasos y trajes, transformando el carnaval en un verdadero laboratorio cultural generalizado.
En Teora, en cambio, vuelven cada año a las calles del pueblo las máscaras de los «squacqualacchiun», figuras grotescas que recuerdan un pasado campesino y rebelde. Visten sacos de tela, chaquetas desgastadas y capuchas que esconden el rostro, y llevan palos, agujas de pino y grandes cencerros que resuenan entre las callejuelas.
Su primera aparición tiene lugar el 17 de enero, con motivo de la festividad de san Antonio, llamando a las puertas para obtener comida, vino o alguna moneda: quien dona obtiene paz, quien se niega se arriesga a sufrir represalias pequeñas y simbólicas. La danza final de los «squacqualacchiun» anima el centro del pueblo alrededor de la hoguera y la fuente principal, en un rito que combina lo sagrado, lo profano y la magia popular.
Esta máscara nace de una antigua rebelión campesina: durante el Reino de las Dos Sicilias, los jóvenes se disfrazaban para desafiar simbólicamente a los amos y reivindicar su dignidad, transformando el disfraz en un instrumento de protesta e identidad colectiva.