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Cicloturismo
Marcas

En bicicleta por las colinas de Las Marcas

Pedalear por esta tierra rica en historia, arte y gastronomía puede ser un ejercicio de imaginación, además de actividad física.

3 minutos

Un agricultor que vuelve del campo, un antiguo romano que se dirige al norte, un campeón inolvidable que aprieta los dientes y agarra el manillar... Y tú, ¿quién sueñas ser?
El interior de Las Marcas es el protagonista de la penúltima etapa de la Tirreno-Adriático, la carrera de costa a costa en la que compiten los grandes nombres del ciclismo. La ruta de 215 kilómetros descrita en estas líneas también se presta a los esfuerzos (quizás reducidos) de los aficionados al ciclismo. Esto se debe a la suavidad de sus laderas, inmersas en el bosque o rodeadas de extensiones de girasoles, a su riqueza artística y a su gastronomía porque, ¿quién de vosotros, después de bajar del sillín, puede decir que no a una tabla de embutidos acompañada de un Vernaccia?

Entre la naturaleza y la gula

 Entre la naturaleza y la gula

Enclavada entre los Apeninos y la costa, hay una extensión de colinas boscosas salpicadas de castillos y pueblos fortificados. Uno de ellos es Apecchio, desde donde comienza la ruta, y justo después gira hacia la Costa Adriática. Se trata de un paseo suave y sin pretensiones por carreteras que también se pueden recorrer con una bicicleta de paseo o de montaña, y después de unos 10 kilómetros conduce a Acqualagna, en la Reserva Natural Estatal de la Garganta de Furlo. Opción número uno: bajar del sillín y caminar por las gargantas del cañón. Opción número dos: aprovechar el título de Capital Mundial de la Trufa, el producto DOC de esta tierra, con un museo dedicado, eventos y menús que son una oda a este tubérculo. Una vez de vuelta a la bicicleta, continúa por la Flaminia, la antigua vía consular que unía Roma con el norte de Italia, que aquí queda al descubierto: un par de kilómetros antes de Fossombrone, dentro de la zona arqueológica del antiguo Foro Sempronio, puedes admirar un tramo del pavimento original de la vía, con los surcos dejados por los carros.

Urbino, la cuna del arte

Urbino, la cuna del arte

La parte central de la ruta, algo más ondulada, es una sucesión de colinas (la más alta es Mombaroccio, a 305 metros sobre el nivel del mar) que apuntan hacia Urbino, la corte renacentista de los duques de Montefeltro. Una parada en la ciudad amurallada, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde 1998, es totalmente imprescindible. No te pierdas el Palacio Ducal, una ciudadela fortificada dentro de la ciudad, con sus 365 habitaciones (una para cada día del año). También acoge la Galleria Nazionale delle Marche, que alberga obras de Piero della Francesca y de Rafael, que nació en Urbino y cuya casa-taller, perfectamente conservada y abierta al público, se encuentra a un tiro de piedra. Y entre la colección permanente hay otra joya: «La ciudad ideal», cuadro emblemático del Renacimiento italiano, cuyo autor es desconocido. Si todo esto te hace sacar tu vena creativa, hazte con una cámara (bueno, también vale un móvil) y sitúate al atardecer en la Fortaleza de Arbornoz, un punto estratégico para la toma perfecta: la vista sobre los tejados no tiene precio.

La subida de Carpegna, con el «pirata» en el corazón

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De la historia del arte pasamos a la historia de las bicicletas. El último tramo de la sexta etapa de la Tirreno-Adriático es un homenaje a Marco Pantani, el campeón de las dos ruedas fallecido trágicamente en el 2004. El circuito final, que debería repetirse dos veces, incluye un doble paso por el Cippo di Carpegna, una subida de 6 km con una pendiente del 14 %.  Era una de las rampas más populares para el Pirata, como era apodado el campeón, que se entrenaba sin descanso en este asfalto. Para los maníacos del ciclismo, seguir su estela, aunque sea de forma imaginaria, es una experiencia mística. Pero cuidado con el descenso, ya que es muy técnico: manos en los frenos y gran concentración.

 

Editado por la redacción de RCS Sport

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