Concatedral de Segni: la historia de un renacimiento barroco
En el corazón del pueblo de Segni, la concatedral de Santa María de la Asunción no es solo un lugar de fe, sino un libro de historia escrito sobre la piedra. Destruida y reconstruida, su arquitectura narra una extraordinaria transformación: de una antigua basílica medieval a un grandioso templo barroco que hoy custodia un importante patrimonio artístico.
Un campanario medieval como único vestigio
La historia de la catedral comienza alrededor del año mil. La iglesia original, completada en el siglo XII, era una basílica de nave única en la que trabajaron las familias de marmolistas romanos más importantes, como los Cosmati y los Vassalletto. Hoy en día, de aquel edificio que antaño fue tan relevante como para albergar acontecimientos de gran alcance histórico, solo se conserva el campanario, mudo testigo de una época anterior.
La gran reconstrucción del siglo XVII
El dramático punto de inflexión llegó en 1557, cuando el saqueo de Segni dañó gravemente la estructura. Casi un siglo después, en 1626, se decidió empezar de cero, desde los cimientos. Por iniciativa del alcalde Giovanni Battista Lauri, surgió una iglesia completamente nueva, basada en una planta de cruz griega con una gran cúpula central. Estas obras duraron décadas y dieron vida al edificio que podemos admirar en la actualidad.
Un tesoro de lienzos y frescos
El interior es una auténtica galería de arte del siglo XVII. El punto culminante de la decoración es el fresco de la cúpula, donde la Trinidad corona a la Virgen María entre los santos locales, una obra maestra ilusionista firmada por los hermanos Jacques y Antonio Courtois en 1673. El presbiterio está enriquecido por los lienzos de Alessandro Charchenne, mientras que en el altar mayor destaca una pintura del siglo XIX de la Asunción.
El aspecto actual: entre los siglos XIX y XX
La iglesia ha seguido cambiando de aspecto con el tiempo. La fachada de piedra local, con sus dos relojes, no se añadió hasta 1817. Más tarde, gracias a una donación del Papa Pío IX, se realizaron el suelo y el altar de mármol blanco. Por último, a principios del siglo XX, el interior se revistió de mármoles y se embelleció con un nuevo púlpito y doce paneles monocromáticos con escenas evangélicas.