La Iglesia de Nuestra Señora del Sufragio y San Agustín de Canterbury: volúmenes puros que recosen la ciudad
A lo largo de la Via Casilina, la antigua calzada romana que unía Roma con Capua, se alza este lugar de culto. Proyectado por Francesco y Carlo Berarducci y construido entre 1992 y 1998, el edificio es mucho más que una iglesia. Es un intento de recoser un fragmento de la ciudad, dando forma e identidad a un barrio marcado por un fuerte desnivel del terreno.
Un proyecto que vence el desnivel
Aquí cada decisión tiene una razón. El terreno escarpado, lejos de ser un obstáculo, se convierte en la idea generadora del proyecto: las distintas funciones se distribuyen en varios niveles, pero permanecen reunidas en un único diseño armonioso. Junto a la iglesia, un largo edificio acoge las actividades de la comunidad, mientras que desde el punto más bajo del complejo parte una escenográfica escalinata que asciende hacia el atrio. Acompaña la subida una secuencia rítmica de pilares, que juega con la luz y la sombra y aporta profundidad a todo el recorrido.
Cerrada por fuera, abierta por dentro
La iglesia nace del encuentro de formas sencillas y puras, el cubo y el cilindro, que le confieren un aspecto nítido y esencial. Su planta dibuja una cruz de brazos iguales, inscrita en un cuadrado perfecto. Todo alrededor, grandes muros delimitan el espacio sagrado: vista desde fuera, la iglesia parece compacta y recogida en sí misma, casi una fortaleza silenciosa. Y, sin embargo, dos de las cuatro torres de las esquinas no llegan a tocar el suelo, y por esas aberturas la luz entra y atraviesa el espacio interior. Es un lugar que, una vez cruzado el umbral, revela su lado más íntimo.