Los aniversarios franciscanos renuevan un legado espiritual y cultural que sigue llegando al mundo de hoy
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En 2026, ochocientos años después de la muerte de san Francisco de Asís, el Camino de Francisco se convirtió aún más claramente en una invitación a conocer un legado que ha atravesado la fe, el arte, la cultura, la economía y la vida civil.
Caminar por los lugares franciscanos significa medirse con dos intuiciones decisivas: la humildad de la criatura, capaz de amar el mundo sin poseerlo, y la fraternidad, basada en la misericordia, el perdón y el encuentro.
Las celebraciones de los aniversarios franciscanos no solo miran al pasado: devuelven al presente la fuerza de un hombre que sigue uniendo a personas, territorios y sensibilidades diferentes.
Un legado a través de los siglos
San Francisco de Asís es una de las figuras cristianas más queridas del mundo. Su mensaje ha generado obras, movimientos y formas de pensamiento capaces de atravesar la fe, la espiritualidad, el arte, la literatura, la economía y la vida civil. Dante le dedica uno de los cantos más elevados de la Divina Comedia; en Asís, Giotto renueva el lenguaje del arte; el franciscano Luca Pacioli vincula su nombre a la difusión de la partida doble; Robert Schuman, uno de los fundadores de la Europa unida, encuentra en la tradición franciscana un referente. Incluso hoy en día, el ejemplo de Francisco inspira gestos conocidos y silenciosos de fraternidad, caridad y amor.
El ciclo de los Centenario franciscanos recordó la Regla bulada y la Natividad de Greccio en 2023, los Estigmas en 2024 y el Cántico de las criaturas en 2025, para culminar en 2026, con el octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís, la «Pascua de Francisco».
Las celebraciones no construyen un museo de la memoria, sino que devuelven al presente una voz viva. «Doy las gracias a todos los que han colaborado para hacer realidad el Camino de Francisco de forma unitaria», afirma Davide Rondoni, presidente del Comité nacional para la celebración del octavo centenario de la muerte de san Francisco de Asís. Un Camino de Francisco compartido, capaz de conectar lugares, comunidades y significados.
Amar la creación sin poseerla
El primer rasgo del legado franciscano es el altísimo sentido de la humildad ante el Misterioso Creador de la vida. Sentirse una criatura pequeña, pero amada, hace posible amar al mundo, a los demás y a todo ser vivo sin querer poseerlos. La diferencia entre amor y posesión es el fundamento de la pobreza de san Francisco: no se trata del desprecio de las cosas y los bienes, sino de la libertad de aquello que pretende transformarlos en dominio.
En el Cántico de las criaturas, Francisco alaba a Dios a través del sol, la luna, el viento, el agua, el fuego y la tierra. Cada criatura simboliza un Misterio y, precisamente por ello, es digna de ser amada. La naturaleza no es un telón de fondo que explotar ni un ídolo que contemplar a distancia: es un cosmos de relaciones en el que el hombre no es dueño, sino partícipe y guardián. Caminar por los lugares franciscanos permite recuperar esta medida: el paso se ralentiza, la mirada se abre y el paisaje vuelve a ser encuentro.
La fraternidad como arte del encuentro
El segundo rasgo es la fraternidad, alimentada por la misericordia y el perdón en las relaciones con los demás. San Francisco la vive ante todo con sus frailes y con sus hermanas, empezando por santa Clara, y la transforma en una disponibilidad radical al encuentro. Heredero e intérprete de experiencias orientales y europeas, es un hombre-puente: firme en su fe y, precisamente por ello, capaz de abrirse sin miedo.
El Camino de Francisco concretiza esta vocación. Quien camina acepta el tiempo del otro, comparte el esfuerzo, reconoce el valor de la hospitalidad y atraviesa territorios diferentes sin borrar su identidad. En un presente marcado por las divisiones y la soledad, san Francisco invita a ser extremos en el amor a Dios y a los demás, no extremistas. El camino se convierte así no solo en una meta que alcanzar, sino en una forma de estar en el mundo.